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El cuento del espejo mágico

Por Michael Ende

       »Érase una vez una hermosa princesa llamada Momo, que vestía de seda y terciopelo y vivía muy por encima del mundo, sobre la cima de una montaña, cubierta de nieve, en un castillo de cristal.
       »Tenía todo lo que se puede desear, no comía más que los manjares más finos y no bebía más que el vino más dulce. Dormía sobre almohadas de seda y se sentaba en sillas de marfil. Lo tenía todo, pero estaba completamente sola.
       »Todo lo que la rodeaba, la servidumbre, las camareras, gatos, perros y pájaros e incluso las flores, todo, no eran más que reflejos de un espejo.
       »Porque resulta que la princesa Momo tenía un espejo mágico grande, redondo y de la más pura plata. Lo enviaba cada día y cada noche por todo el mundo. Y el gran espejo flotaba sobre países y mares, sobre ciudades y campos. La gente que lo veía no se sorprendía, sino que decía: “Es la luna”.
       »Y cada vez que el espejo volvía, ponía delante de la princesa todos los reflejos que había recogido durante su viaje. Los había bonitos y feos, interesantes y aburridos, según como salía. La princesa escogía los que le gustaban, mientras que los otros los tiraba simplemente a un arroyo. Y los reflejos liberados volvían a sus dueños, a través del agua, mucho más deprisa de lo que te imaginas. A eso se debe que veas tu propia imagen reflejada cuando te inclinas sobre un pozo o un charco de agua.
       »A todo esto he olvidado decir que la princesa Momo era inmortal. Porque nunca se había mirado a sí misma en el espejo mágico. Porque quien veía en él su propia imagen, se volvía, por ello, mortal. Eso lo sabía muy bien la princesa Momo, y por lo tanto no lo hacía. De ese modo vivía con todas sus imágenes, jugaba con ellas y estaba bastante contenta.
       »Pero un día, el espejo mágico le trajo una imagen que le interesó más que todas las otras. Era la imagen de un joven príncipe. Cuando lo hubo visto le entró tal nostalgia, que quería llegar hasta él como fuera. Pero, ¿cómo? No sabía dónde vivía, ni quién era, no sabía ni siquiera cómo se llamaba.
       »Como no encontraba otra solución, decidió mirarse por fin en el espejo. Porque pensaba: “A lo mejor el espejo llevará mi imagen hasta el príncipe. Puede que mire casualmente hacia el cielo, cuando pase el espejo, y verá mi imagen. Acaso siga el camino del espejo y me encuentre aquí”.
       »Así que se miró largamente en el espejo y lo envió por el mundo con su reflejo. Pero así, claro está, se había vuelto mortal.
       »En seguida oirás cómo sigue esta historia, pero primero he de hablarte del príncipe.
       »Este príncipe se llamaba Girolamo y vivía en un reino fabuloso. Todos los que vivían en él amaban y admiraban al príncipe. Un buen día, los ministros dijeron al príncipe: “Majestad, debéis casaros, porque así es como debe ser”.
       »El príncipe Girolamo no tenía nada que oponer, de modo que llegaron al palacio las más bellas señoritas del país, para que pudiera elegir una. Todas se habían puesto lo más guapas posible, porque todas querían casarse con él.
       »Pero entre las muchachas también se había colado en el palacio un hada mala, que no tenía en las venas sangre roja y cálida, sino sangre verde y fría. Claro que eso no se le notaba, porque se había maquillado con mucho cuidado.
       »Cuando el príncipe entró en el gran salón dorado del trono, para hacer su elección, ella pronunció rápidamente un conjuro, de modo que Girolamo no vio a nadie más que ella. Y además le pareció tan hermosa, que al momento le preguntó si quería ser su esposa.
       »—Con mucho gusto —dijo el hada mala—, pero pongo una condición.
       »—La cumpliré —respondió Girolamo, irreflexivo.
       »—Está bien —contestó el hada mala, y sonrió con tal dulzura, que el desgraciado príncipe casi se marea—, durante un año no podrás mirar el flotante espejo de plata. Si lo haces, olvidarás al instante todo lo que es tuyo. Olvidarás lo que eres en realidad y tendrás que ir al país de Hoy, donde nadie te conoce, y allí vivirás como un pobre diablo. ¿Estás de acuerdo?
       »—Si no es más que eso —exclamó el príncipe Girolamo—, la condición es fácil.
       »¿Qué ha ocurrido mientras tanto con la princesa Momo?
       »Había esperado y esperado, pero el príncipe no había venido. Entonces decidió salir a buscarle ella misma. Devolvió la libertad a todas las imágenes que tenía a su alrededor. Entonces bajó, totalmente sola y en sus suaves zapatillas, desde su palacio de cristal, a través de las montañas nevadas, hacia el mundo. Recorrió todos los países, hasta que llegó al país de Hoy. A estas alturas sus zapatillas estaban gastadas y tenía que ir descalza. Pero el espejo mágico con su imagen seguía flotando por el cielo.
       »Una noche el príncipe Girolamo estaba sentado en el tejado de su palacio dorado y jugaba a las damas con el hada de la sangre verde y fría. De repente cayó una gota diminuta sobre la mano del príncipe.
       »—Empieza a llover —dijo el hada de la sangre verde.
       »—No —contestó el príncipe—, no puede ser porque no hay ni una sola nube en el cielo.
       »Y miró hacia lo alto, directamente al gran espejo mágico, plateado, que flotaba allí arriba. Entonces vio la imagen de la princesa Momo y observó que lloraba y que una de sus lágrimas le había caído sobre la mano. En el mismo momento se dio cuenta de que el hada le había engañado, que no era hermosa y que en sus venas sólo tenía sangre verde y fría. Era a la princesa Momo a la que amaba en verdad.
       »—Acabas de romper tu promesa —dijo el hada verde, y su cara se crispó hasta parecer la de una serpiente— y ahora has de pagarlo.
       »Introdujo sus largos dedos verdes en el pecho de Girolamo, que se quedó sentado como paralizado, y le hizo un nudo en el corazón. En ese mismo instante olvidó que era el príncipe Girolamo. Salió de su palacio y de su reino como un ladrón furtivo. Caminó por todo el mundo, hasta que llegó al país de Hoy, donde vivió en adelante como un pobre inútil desconocido y se llamaba simplemente Gigi. Lo único que había llevado consigo era la imagen del espejo mágico que desde entonces quedó vacío.
       »Mientras tanto, los vestidos de seda y terciopelo de la princesa Momo se habían gastado. Ahora llevaba un chaquetón de hombre, viejo, demasiado grande, y una falda de remiendos de todos los colores. Y vivía en unas ruinas.
       »Aquí se encuentran un buen día. Pero la princesa Momo no reconoce al príncipe Girolamo, porque ahora es un pobre diablo. Tampoco Gigi reconoció a la princesa, porque ya no tenía ningún aspecto de princesa. Pero en la desgracia común, los dos se hicieron amigos y se consolaban mutuamente.
       »Una noche, cuando volvía a flotar en el cielo el espejo mágico, que ahora estaba vacío, Gigi sacó del bolsillo la imagen y se la enseñó a Momo. Estaba ya muy arrugada y desvaída, pero aún así, la princesa se dio cuenta en seguida que se trataba de su propia imagen. Y entonces también reconoció, bajo la máscara de pobre diablo, al príncipe Girolamo, al que siempre había buscado y por quien se había vuelto mortal. Y se lo contó todo.
       »Pero Gigi movió triste la cabeza y dijo:
       »—No puedo entender nada de lo que dices, porque tengo un nudo en el corazón y no puedo acordarme de nada.
       »Entonces, la princesa Momo metió la mano en su pecho y desató, con toda facilidad, el nudo que tenía en el corazón. Y, de repente, el príncipe Girolamo volvió a saber quién era. Tomó a la princesa de la mano y se fue con ella muy lejos, a su país.

 

Una vez que Gigi hubo concluido, ambos callaron un ratito; después Momo preguntó:
       —¿Y después han sido marido y mujer?
       —Creo que sí —dijo Gigi—, más tarde.
       —¿Y han muerto mientras tanto?
       —No —dijo Gigi con decisión—. Eso lo sé exactamente. El espejo mágico sólo hacía a alguien mortal, cuando se miraba en él a solas. Pero si se miran dos, vuelven a ser inmortales. Y eso hicieron estos dos.
       La luna se veía grande y plateada sobre los pinos negros y hacía brillar misteriosamente las viejas piedras de las ruinas. Momo y Gigi estaban sentados en silencio el uno al lado del otro y se miraron largamente en ella: sintieron con toda claridad que, durante ese instante, ambos eran inmortales.

 

Momo (fragmento), 1973.

R!

El Eterno

"Habiendo llegado al ocaso de mi vida,
la juventud de mi cuerpo lo reclamó de nuevo,
y yo me sumergí en ella..."


Primera Parte 

Creo en la magia y en los milagros, en que todos los días son sacudidos por sucesos inexplicables, desatados por fuerzas que evaden la comprensión. Pero la ciencia, en contraste, es algo que puedo probar y aplicar, y de la magia no conozco cómo demostrar su existencia ni la manera de utilizarla para mi provecho. Muchos otros comparten conmigo este destino que en nuestra ansia de encontrar respuestas nos obliga a buscarlas empujando hacia adelante los límites del conocimiento científico y el inevitable desarrollo tecnológico consecuente. Yo soy uno entre los tantos que dedican su vida al avanzar de la humanidad por el camino que lleva hacia el futuro. Pero entre todos, y sonaré vano al decirlo, yo soy el más grande, el homo maximus, porque yo, sin conjuros mágicos ni favores divinos conseguí la vida eterna para todo aquél que la desee.

Todo fue por un simple sueño: moría. Una y otra vez me desperté sobresaltado, agitado, lleno de miedo y sudor. Una y otra vez experimenté la muerte. Fueron semanas esperando a que aquello que tan repentinamente comenzó dejase de suceder, antes de decidir hacer algo al respecto. Cuando vi que no se detendría por sí solo comencé a leer todo lo que alcanzaban mis manos sobre psicología y teoría del sueño. Intentar inducir sueños específicos con una máquina de sueño virtual tampoco dio resultado; de una u otra forma mis sueños siempre se tornaban pesadillas que terminaban en mi deceso. La angustia de no poder evitar a la muerte en mis sueños fue escurriéndose al subconsciente diurno y desde ahí mi mente empezó a susurrarme con creciente frecuencia las palabras "Morirás, y no podrás evitarlo...". Hasta que no pude más y me recluí en el silencio y la oscuridad de mi celda decidido a encontrar una solución.

Ahí dentro el tiempo carecía de medida y sólo pasaban frente a mí teorías y números con cabida únicamente en dimensiones demasiado complejas para parecer posibles. Al fin salí, loco, demacrado, pero triunfante; mi pie apoyado sobre las leyes físicas de este universo. Y entre mis manos un libro, su nombre lo único en común con aquellos de antaño cosidos de papel y cuero. Este "libro" era un dispositivo que diseñé y programé con relativa facilidad, dotado de una interfaz amable y de figura física agradable a los ojos y a las manos. Cualquiera lo pasaría por una copia de la Gran Enciclopedia, que por su extenso tamaño virtual tampoco se publica como microtexto holográfico. La G. Enciclopedia, sin embargo, no tiene más poder o uso que el de mostrar información: todo el conocimiento humano, adquirido, asimilado y documentado a lo largo de cinco milenios. Mi "libro", en cambio, es el objeto por sí solo más poderoso alguna vez construido por un hombre. Un objeto digno sólo de Dios, si lo hay, en mis manos.


[R!2X]

Publicado en el 4° No. de la revista electrónica DOZ: Colectivo de Ideas.

El Gato y la Luna

Llamar a la Luna es caro. Como al mercado le gusta hacer sentido de los precios cuando se puede, y si se puede hacerlo proporcionalmente, quienes administran el servicio deducen que así como las llamadas internacionales han de ser más caras que las intranacionales, las lunares deberían ser más costosas que las dos primeras. Pareciera que delimitan zonas de manera arbitraria y les asignan precios con el propósito de producir ironías ridículas, porque me sale más barato llamar a cualquier lugar cientos de kilómetros al sureste que llamar a la Luna, cuya imagen está a tan sólo el grosor del vidrio de mi ventana. Cómo me cuesta hablar con la Luna. Hablarle a la Luna es por supuesto gratuito para todos inevitablemente: se posa sobre nuestras coronillas y absorbe a través del remolino que se forma en las cabelleras nuestras cavilaciones nocturnas y monólogos bohemios. Todas las personas, por más inalcanzable que la consideren, tienen línea directa con ella y pueden permitirse el dirigirle una oración de amor discreta, un juramento de venganza o adular con un cumplido su belleza. Pero hablar con ella es un asunto distinto. Esta es una Luna de fachada pública e interior privado, que le muestra al mundo orgullosa su cara luminosa, ésa que vemos de noche, pero que no comparte con cualquiera su lado oscuro, sea por vergüenza, sea por miedo, sea por angustia de no estar completa. Esto lo sé y lo digo porque lo conozco, y lo conozco porque ella lo ha querido. De todas las ventanas que pudo haber elegido para mostrarse entera es la mía la que más le ha gustado, así como al gato. Aunque también, al igual que con el gato, pudiese ser que sólo busca su propia imagen en el quizá especial reflejo que devuelve mi acaso mágica ventana, o se acercará para escuchar de mi apacible voz de poeta de dos de la madrugada las filosofadas y versos improvisados que emergen cuando uno piensa tanto en la Luna que se intoxica respirando su luz plateada. No lo sé. Sólo sé que ella viene y yo hablo, ella habla y yo respondo. Ante su belleza enmudece la razón y se desenreda la lengua del verbo apasionado. Qué envidia han de tener de mí mis conocidos. Si supieran ellos lo caro que es hablar con ella, lo que hay que sacrificar: Es preciso renunciar a la vida verdadera y en vez vivir como en un sueño: sin sentido y con la punzante consciencia de que eventualmente hay que despertar. Me cuesta tanto hablarte, Luna.

[R!2X]

El Gato y la Luna

Cuando sea que no estoy viendo al gato me pierdo en la cara de la Luna. Esa esfera grande y redonda que brilla en el cielo nocturno. Aunque realmente no se puede describir así a la Luna. Porque no siempre tiene la misma forma ni tamaño. Y a veces su color cambia. Y también, de vez en cuando, se le puede ver de día. Todo es cambiante acerca de la Luna. Su aroma, su sonrisa, sus desvelos, su temperamento, sus razones, sus corajes, sus alegrías y sus desesperos. Hasta su voz. Ninguno es el mismo dos veces. Ni la misma Luna: no hay dos lunas iguales. Siempre es una nueva. Y unas veces es más Luna que otras. Habrá cuando toda ella sea Luna, pero también (y casi siempre) se sentirá medio vacía. O tres cuartos vacía. O tres cuartos llena y un cuarto vacía. Y también, en ocasiones (que con suerte y gracia serán pocas), se sentirá terrible, temiblemente vacía. Mortalmente vacía. Esconderá la cara, asqueada de sí misma. ¿Es que no sabe que siempre está hermosa? ¿Y que lo que más queremos es verla? Más cuando no la vemos. Yo se lo digo, pero entiendo que no me entienda. Ni ella sola se ha de entender cuando se siente así de vacía. No creo que nadie pueda. Lo que le hace falta es compañía. Quien pueda hacer que toda ella irradie luz plateada siempre. Esa luz que cura todo lo que toca. Desde una rodilla raspada hasta un sueño sin parchar. Ah, esa luz que todo lo calma. Hace que el tiempo vaya más despacio y hasta la sangre camina lento para ver mejor el meteoro. Todo lo arregla esa luz de Luna enamorada, que suspira (la luz, no la Luna) por un Sol que la mantenga brillando. La Luna no. No, ella se cansa de perseguirlo y mejor se ocupa en otras cosas hasta que le apetezca perseguirle de nuevo. Yo soy igual: cuando me canso de insistirle mejor me hago el perdido. Voy y reúno con los John, los James y los Alan el grupo de tarareo. O regreso a los vuelos Match 2 y fuego a discreción con los del gremio. O a lo que sea. Eso sí, no dejo de recibir por mi única ventana esa luz de plata cuando la hay. Porque la Luna es tan hermosa que siempre queremos verla. Más cuando no la vemos.

[R!2X]

El Gato y la Luna

Hay un gato que a veces se sienta en mi ventana y no me deja ver lo que está pasando afuera. Es café caramelo y cuando le da el Sol brilla dorado. Sus ojos son siempre grises, pero a veces verdosos y a veces azulados. He notado que combina sus zapatos con el color que sus ojos tengan ese día. Le he visto pares (o mejor dicho cuartetos) rosas chillones; azules y verdes agrios; blancos con estampados cubistas y unos negros con la punta a cuadros pintados con marcador. Me distraigo observándolo siempre que se pone en mi ventana, así que trato de intimidarlo mirándolo fijo a los ojos para que se vaya. Pero sólo consigo que me mire de vuelta un largo rato mientras crece en mí la sensación de que quiere que lo deje entrar. Así que con calma me acerco para abrirle la ventana. Y en el momento que quito el pestillo salta como rayo a quién sabe dónde y desaparece. No entiendo qué es lo que me pide ni qué es lo que quiere conmigo. Quizá sólo le parezco una visión interesante de observar, aunque me siento muy narcisista pensando así. Quién sabe, tal vez sólo le interese su reflejo en mi ventana. Es una relación extraña y amorfa la que llevamos el gato y yo, si a caso se puede decir que exista una. Pero debe existir. Después de todo nos vemos todos los días y aún si sólo nos ignoramos el uno al otro seguimos compartiendo una ventana, aunque sea por lados opuestos. Me pregunto qué querrá conmigo o mi ventana, claro: eso me lo pregunto todos los días. Pero también me pregunto si tendrá nombre; si tendrá dueño; si será macho o hembra; si tendrá compañero gatuno o hijitos. Me pregunto cómo será su voz; cómo se comportará cuando no está conmigo; si es feliz o miserable; si prefiere la cama o el suelo; si es amable o barbaján. Quisiera saber si puede leer y escribir; si le gusta; si le gustaría leer mi poesía; si me escribiría alguna. Me intriga mucho ese gato y eso es una molestia: en cuanto se aparece en mi ventana no puedo pensar en nada más. Solamente me imagino constantemente cómo sería tenerlo en mi casa para siempre. Supongo que se aburriría. Después de todo, yo mismo preferiría estar en ese lado de la ventana.

[R!2X]

Los ojos hacen algo más que ver

Éste es el primer cuento corto que leí de Isaac Asimov, cuando estaba en 1° de secundaria y no tenía idea de quién era él. Pasaría a convertirse en uno de mis autores favoritos, si no es que el más importante, con su saga de La Fundación, su mayor obra. Era escritor de ciencia ficción y científico. Publicó más de 500 libros y se le conoce como el inventor del término "robótica". Yo, robot y El hombre bicentenario son algunas adaptaciones cinematográficas basadas en sus historias.


Los ojos hacen algo más que ver

Después de cientos de miles de millones de años pensó en él, de pronto, como Ames. No en la combinación de longitud de onda que, a través del universo, era ahora el equivalente de Ames, sino en el sonido en sí. Le volvía un leve recuerdo de ondas sonoras que ya no oía y ya no podría oír.

El nuevo proyecto aguzaba su recuerdo de tantas y tantas cosas de eones y eones de antigüedad. Redujo su vórtex de energía que sumaba el total de su individualidad y sus líneas de energía se tendieron más allá de las estrellas.

Le llegó la señal de respuesta de Brock.
Por supuesto que se lo diría a Brock. Seguro que podía decírselo a alguien.
El plano de energía cambiante de Brock comunicó.
–¿Es que no vienes, Ames?
–Claro que sí.
–¿Tomarás parte en la competición?
–Sí –las líneas de energía de Ames latieron irregularmente–. Seguro que sí. Ya he pensado en una nueva forma de arte. Algo realmente inusitado.

Por un momento, Brock cambió de fase y perdió la comunicación, así que Ames tuvo que apresurarse a ajustar sus líneas energéticas. Al hacerlo captó el paso de otros pensamientos, la vista de la empolvada Galaxia resaltando del terciopelo de la nada, y las líneas de energía latiendo en incesantes multitudes de energía-vida, tendidas entre las galaxias.

–Por favor –dijo Ames–, absorbe mis pensamientos, Brock. No cierres. He Pensado en manipular materia. ¡Imagínatelo! Una sinfonía de materia. ¿Por qué molestarse con energía? Claro que en energía no hay nada nuevo, ¿cómo puede haberlo? ¿No te demuestra eso que debemos trabajar con la materia?
–¡Materia!

Ames interpretó las vibraciones energéticas de Brock como expresión de asco. Preguntó:
–¿Por qué no? También nosotros fuimos materia hace..., hace..., por lo menos mil billones de años. ¿Por qué no fabricar objetos de materia, de formas abstractas?, oye, Brock, ¿por qué no hacer una imitación de nosotros mismos en materia tal como fuimos?
–No recuerdo cómo era eso –dijo Brock–. Nadie lo recuerda.
–Yo sí –contestó Ames enérgicamente–. No he estado pensando en otra cosa y estoy empezando a recordar, Brock, deja que te lo enseñe. Dime si tengo razón. Dímelo.
–No. Es una tontería. Es... repulsivo.
–Déjame intentarlo, Brock. Hemos sido amigos, hemos pulsado energía juntos desde el principio..., desde el momento en que nos volvimos lo que somos. Brock, ¡por favor!
–Entonces, que sea rápido.

Ames no había experimentado hasta entonces tal estremecimiento en sus propias líneas de energía en..., ¿en cuánto tiempo sería? Si lo intentaba ahora para Brock y funcionaba, podía atreverse a manipular materia ante los seres-energéticos reunidos que habían estado esperando tan angustiosamente a lo largo de eones a que surgiera algo nuevo.

La materia era escasa allí entre las galaxias, pero Ames la recogió, reuniéndola a lo largo de los años luz cúbicos, eligiendo átomos, consiguiendo una consistencia arcillosa y obligando a la materia a una forma ovoide que se ensanchaba por abajo.

–¿No lo recuerdas, Brock? –preguntó a media voz–. ¿No era algo parecido a esto?
El vórtex de Brock tembló en fase:
–No me lo hagas recordar. No me acuerdo.
–Eso era la cabeza. Lo llamaban cabeza. Lo recuerdo con tal claridad que necesitaba decirlo. Me refiero al sonido... –esperó, luego preguntó–. Mira, ¿recuerdas eso?
En la parte frontal del ovoide apareció CABEZA.
–¿Y eso qué es? –preguntó Brock.
–Es la palabra para cabeza. Los símbolos que indicaban la palabra en sonido. Dime que lo recuerdas, Brock.
–Había algo –titubeó Brock–, algo en medio.
Apareció un bulto vertical. Ames exclamó:
–¡Sí! Nariz, ¡eso es! –y encima apareció NARIZ–. Y estos son los ojos a cada lado –OJO IZQUIERDO. OJO DERECHO.

Ames contempló lo que había formado, mientras sus líneas de energía pulsaban despacio. ¿Estaba seguro de que parecía eso?
–Boca –exclamó con pequeños estremecimientos– y barbilla y nuez, y las clavículas. ¡Cómo me van volviendo las palabras! –y aparecieron en la forma.
–Hace cientos de miles de millones de años que no había pensado en ellas. ¿Por qué me las recuerdas? ¿Por qué?

Ames estaba momentáneamente perdido en sus pensamientos.
–Y algo más. Órganos para oír; algo para captar las ondas sonoras. ¡Orejas! ¿A dónde van? No recuerdo bien dónde ponerlas...
Brock gritó de súbito:
–¡Déjalo ya! Las orejas y lo demás. ¡No lo recuerdes!
–¿Qué hay de malo en recordar? –murmuró Ames indeciso.
–Porque el exterior no era duro y frío como ahora, sino suave y tibio. Porque los ojos eran tiernos y vivos y los labios de la boca vibraban y eran dulces sobre los míos.

Las líneas energéticas de Brock latían y vacilaban, latían y vacilaban. Ames exclamó:
–¡Perdón! ¡Perdón!
–Me estás recordando que en tiempos fui mujer y conocí el amor, que los ojos hacen más que ver y que ya no tengo ninguno que lo haga por mí.
Violentamente, añadió materia a la burda cabeza y dijo:
–¡Deja, pues, que lo hagan ellos! –y dio media vuelta y huyó.

Y Ames vio también y recordó que en tiempos había sido un hombre. La fuerza de su vórtex partió la cabeza por la mitad, y escapó por las galaxias siguiendo la huella energética de Brock... de regreso al infinito destino de la vida.

Y los ojos de la destrozada cabeza de materia seguían brillando con la humedad que Brock había puesto allí para representar las lágrimas. La cabeza de materia hizo aquello que los seres-energéticos ya no podían hacer. Y lloró por toda la humanidad y por la frágil belleza de los cuerpos de los que en tiempos se habían desprendido, hacía millones de años.


Isaac Asimov


Isaac Asimov